Robaré a Günter Grass el título de su libro para este humilde post. Poco a poco voy sacudiendome de mis prejuicios (a un precio alto, pero en fin). No se cuando llegará eso que la gente llama exito pero de que me estoy acercando al fondo del asunto, nadie me lo va a negar. Estoy avanzando, dolorosamente, hacia el centro de todo. Hacia lo importante.
Estoy despojandome de todo, incluso de lo que me aferraba con uñas y dientes. Estoy abriendo las manos, con las palmas al cielo.
Estoy dejando de rogar por aceptación, de tratar de complacerlos. Vayanse a la mierda.
Estoy entendiendo que la gente se equivoca, yo también me equivoco. Parece obvio, todos lo dicen, pero recién entiendo a que se refieren.
No vale arrepentirse, es por gusto. No vale la pena preocuparse por el pasado o el futuro; uno ya pasó y el otro no existe.
La semana pasada cayó un meteoríto en Canada; pudo haber caído en mi cabeza. Ayer le cayó una piedra en la cabeza a un policia y se murió. Ando mirando al cielo preocupado. Los seres humanos somos paranóicos. Obsesivos.
Ayer no contesté el telefono, sentí vergüenza. ¿De que carajo? No sé. Somos, tambien, orgullosos.
La vida me empuja a seguir pelando la cebolla. Quisiera gritarle a la vida: ¡ya basta!, pero sería como gritarlo al espejo.
¿Entonces para que gritarlo?... ya me toca escuchar:
¡YA BASTA!
martes, 25 de noviembre de 2008
lunes, 29 de setiembre de 2008
La fusión... ya era hora.

"¡Oye estas fusionando!". Fue con esta frase que por primera vez me di cuenta: Todo esta cambiando, ¡por fin!.
Hubo una época, no muy feliz, en que me planteaba constantemente como vivir mi vida. Habían dos opciones (y las siguen habiendo). O bien yo dirigía mi vida y la llevaba hacia donde quería, es decir, me convería en determinado, terco, emprendedor, soñador, vehemente, necio, etc. O bien, dejaba que el viento me llevara cual pluma de Forrest Gump. Tenía claro que el cambio debía llegar así: por decisión o de manera inesperada.
Hoy todo ha cambiado y no se que pasó, si lo uno o lo otro; tal vez sea un poco de ambos, lo gracioso es que ya no lo pienso. ¿Quien hizo que todo cambiara? Juro que 100% no fue mi culpa, hablemos de un buen 25%... nada más. El resto: desconozco mayormente.
Nací bajo el signo de sagitario, bajo el influjo del año del gallo, nací con apellido japonés y con muchas influencias católicas. Eso definió mi caracter, mi personalidad y la dirección de mi vida. La verdad me jodía (y me jode) tan exacta y prejuiciosa definición; por eso siempre he querido (y quiero) ser otro. Por eso, siempre voy a cambiar.
Una cosa he asumido inmutable en mi caracter: el miedo; y en esta etapa puedo decir sin mucha vergüenza que ME CAGO DE MIEDO. Antes, por ejemplo me daba miedo darle a otros la posibilidad de decidir mi vida; era un Nietzsche monse que creía que cualquier relación (familiar, amical, amorosa, de trabajo, etc.) te debilitaba; siempre, pensaba, es mejor hacerlo uno mismo; todo en pos de la independencia. Hasta que ya todo asustaba, porque en la soledad todo da miedo. Luego llególa época fea en que me quede solo de verdad, ya no era el jueguito del Nietzche monse. Era feo.
Ahora llego la fusion, y ya no me esfuerzo, tengo gente a mi lado. Y no la ahuyento.
No se si este es el momento que estaba esperando, porque no me imaginaba esta epoca con tanto miedo; pensé que iba a ser todo claro y definitivo, y no lo es. Pero esta bien. Supongo.
Estoy fusionando, todo a mi alrededor esta cambiando; no lo he decidido, aunque si lo he deseado. Estoy fusionando y no quiero hacer nada para evitarlo.
Tengo curiosidad, quiero ver que pasa.
jueves, 17 de julio de 2008
Es lo mismo, todo es lo mismo... y eso aburre

Hoy estuve en una librería buscando un par de libros, Final del Juego de Cortazar y algo de T.S. Elliot. Hace tiempo que no leo un libro, me lo debo. Di varias vueltas por la sección de literatura latinoamericana y me fastidió muchisimo no encontrar Final del Juego (nota: sirvase leer "axolotl").
Seguí caminando pensando que si estuviera buscando un queso lo encontraría. Seguramente, también, encontraría un libro que me convencería que la guerra es un arte. Sorry que hable con el higado, pero todos somos diferentes y deberíamos leer diferente. Caminaba y me encontraba con un padre rico, un par de mujeres de venus, un monje que vendió su ferrari, una verdad incomoda y a George W. Bush por todos lados. ¡Ah! me olvidaba de los manuales para descifrar el codigo Da Vinci y todas las teorías conspiratorias de la iglesia católica. No se si esto esta bien, la librería tenía un anaquel inmenso con un solo libro (como 60 copias de cien años de soledad juntas). Antes las librerias exhibían mucha más variedad de libros. ¿eso esta bien?
Salí de la librería sin mi copia de Final del Juego que tanto quería y la imagen se hizo más clara: todos frapuccino de caramelo en mano, vestían la misma ropa, hablaban de lo mismo. Todos tenían sus libros del queso, de la guerra y de la alquimia en las manos. Todos caminaban en la misma dirección. ¡Carajo!
Llegué a la casa, angustiado, prendí el televisor en un canal que daba un reality de canto, cambie a otro canal y el reality era de baile, cambie a otro de... baile tambien. Apagué el televisor fasitidado y me refugié en la radio, pero lo mismo: la misma canción (obvio de reagetón) se repetía en tres emisoras a la vez. Comenzaba a sentirme desesperadamente agredido por una devastadora sensación de deshumanización.
¿Donde están las personas?
Salí de la librería sin mi copia de Final del Juego que tanto quería y la imagen se hizo más clara: todos frapuccino de caramelo en mano, vestían la misma ropa, hablaban de lo mismo. Todos tenían sus libros del queso, de la guerra y de la alquimia en las manos. Todos caminaban en la misma dirección. ¡Carajo!
Llegué a la casa, angustiado, prendí el televisor en un canal que daba un reality de canto, cambie a otro canal y el reality era de baile, cambie a otro de... baile tambien. Apagué el televisor fasitidado y me refugié en la radio, pero lo mismo: la misma canción (obvio de reagetón) se repetía en tres emisoras a la vez. Comenzaba a sentirme desesperadamente agredido por una devastadora sensación de deshumanización.
¿Donde están las personas?
jueves, 29 de mayo de 2008
El efecto mariposa
El otro día salía del cine; vi ese documental sobre el medio ambiente que produjo el que debería ser el presidente de Estados Unidos (aunque esa es otra historia). El hecho es que salí con la conciencia ambiental a flor de piel, me dirigí al baño del multicine, me lavé las manos mientras pensaba que cada acto mío tenía una repercusión sobre el deteriorado medio ambiente que habitamos. Con las manos mojadas me quise secar las manos y me encontré frente a una decisión; ¿papel toalla o secadora eléctrica? Influenciado por el que debió ser el manda-mas gringo, analicé mis opciones desde el punto de vista ambiental. ¿Que contamina más el papel toalla o el secador eléctrico? Bueno un brevísimo análisis causa-efecto me hizo ver que la respuesta era ambigua; aparentemente el papel toalla contamina más porque se tuvo que talar un árbol, ¿es así de fácil? NO. Un poco de papel toalla puede provenir de un tercer reciclaje de un papel que provino de un árbol que provino de un bosque manejado sosteniblemente, con lo que esos 20cm de papel pueden no significar nada para el medio ambiente. Mientras que 30 segundos de secadora eléctrica pueden provenir de unos mililitros de quema de combustible fósil que generan unos gramos de dióxido de carbono que contribuyen al calentamiento global. Entonces la decisión es más difícil de lo que aparentaba: papel o secadora. Una vez que me di cuenta que no tenía los elementos para decidir correctamente opté por lo más fácil: me sequé con el pantalón. Claro que quedé como un reverendo huevas tristes, pero toda la culpa era del huevas tristes al que le quitaron la casa blanca.
Todo tiene un recorrido extraño en la vida, una seguidilla de causas y efectos peculiares que hacen que las cosas no sean, siempre, lo que parecen. O peor, las cosas que uno hace no siempre tienen un resultado predecible, esperable.
Esta anécdota me hizo acordar un fragmento que alguna vez leí de Saramago (en su novelón “ensayo sobre la ceguera):
“(…) Si ante cada acción pudiésemos prever todas sus consecuencias, nos pusiéramos a pensar en ellas seriamente, primero en las consecuencias, inmediatamente después, las probables, mas tarde las posibles, luego las imaginables, no llegaríamos siquiera a movernos de donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos. Los buenos y los malos resultados de nuestros dichos y obras se van distribuyendo, se supone que de forma bastante equilibrada y uniforme, por todos los días del futuro, incluyendo aquellos, infinitos, en los que ya no estaremos aquí parar poder comprobarlo, para congratularnos o para pedir perdón, hay quien dice que eso es la inmortalidad de la que tanto se habla, Lo será, pero este hombre esta muerto y hay que enterrarlo.” (Saramago dixit)
Todo tiene un recorrido extraño en la vida, una seguidilla de causas y efectos peculiares que hacen que las cosas no sean, siempre, lo que parecen. O peor, las cosas que uno hace no siempre tienen un resultado predecible, esperable.
Esta anécdota me hizo acordar un fragmento que alguna vez leí de Saramago (en su novelón “ensayo sobre la ceguera):
“(…) Si ante cada acción pudiésemos prever todas sus consecuencias, nos pusiéramos a pensar en ellas seriamente, primero en las consecuencias, inmediatamente después, las probables, mas tarde las posibles, luego las imaginables, no llegaríamos siquiera a movernos de donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos. Los buenos y los malos resultados de nuestros dichos y obras se van distribuyendo, se supone que de forma bastante equilibrada y uniforme, por todos los días del futuro, incluyendo aquellos, infinitos, en los que ya no estaremos aquí parar poder comprobarlo, para congratularnos o para pedir perdón, hay quien dice que eso es la inmortalidad de la que tanto se habla, Lo será, pero este hombre esta muerto y hay que enterrarlo.” (Saramago dixit)
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sábado, 19 de abril de 2008
Buscando a Ricardo
Fueron quince minutos de confusión frente a la enorme y pesada puerta blanca. La miraba atentamente pero no entendía mis emociones, todo sucedía muy rápido, de pronto, un impulso primitivo, casi animal, me empujó a romper la puerta a patadas. Entre al departamento, fui libre.
Creo que nunca he sido bueno para reconocer mis emociones (y estar aqui dentros me generaba miles); se me hace difícil diferenciar entre el miedo y dolor, la alegría y la melancolía, incluso entre la tristeza y la felicidad. Creo que se debe a que mi sensibilidad es inaudita y me quedo en eso. No logro procesar un conjunto de sentimiento y generar una emoción. No puedo. No sé si al entrar al departamento sentí miedo, pero si recuerdo que sentí mucho frío.
Además de frío, recuerdo el insoportable olor. El miedo, la alegría o lo que diablos estaba sintiendo, fue opacado por el espantoso olor del lugar. La sala era un contenedor de olores viejos; una capsula que impedía el ingreso del mundo exterior. En esa quietud se revolvían diversas pestilencias: de la ropa tirada en el piso nacían olores corporales insoportables; de la cama brotaba olor a sudor; de las alfombras, moho; de los restos de comida, un fermento irrespirable; del baño, hálito a heces. Cada pieza del departamento había logrado contener su propia fetidez. El departamento en su totalidad era vomitivo. Caminaba huyendo de un olor y reconociendo uno nuevo.
Una vez superado el trance de los olores, comencé a visualizar ciertos detalles. El departamento de Ricardo era un muladar, como su alma. Llegué a ver un poster de Syd Barret sobre la cabecera de la cama, supuestamente había dejado de escucharlo. Sobre la mesa de noche estaban apilados los malditos libros que tanto daño le hicieron. Abrí una ventana para que entre un poco de luz; iluminado, el cuarto se veía distinto, mucho más pequeño y deprimente. Sobre la cama pude ver un pequeño frasco con píldoras y, al lado, una carta. El contenido de la misiva era conocido, muy usado para estos casos, explicaba motivos, pedía disculpas… era errática y estaba inconclusa. Así era Ricardo.
Hace unos meses me enteré que había perdido la cordura. Dicen que fue luego de leer los libros, esos que hablaban de la ceguera blanca, de la muerte paralizada, de túneles, paranoias y esquizofrenias. Algunos dicen que fue producto del encierro y la falta de contacto con otras personas. Los vecinos comentaban que estaba en tratamiento psiquiátrico, pero que lo dejó; dicen que la depresión lo empujó a la locura. En realidad, ya nadie sabe porque se volvió loco. Tampoco interesa averiguarlo, según la carta, está muerto.
Salí del departamento. El episodio me mantuvo en vilo toda la noche, estaba excitado, no podía dormir. Decidí ir a ver a Valeria, una amiga de la universidad. No la veía hace mucho, pero tenía que contarle todo. Camino a su casa recordaba los buenos tiempos que pasamos Ricardo, ella y yo en la universidad: fiestas interminables, tardes de playa, un poco de estudio, bastante de alcohol, mil anécdotas, sueños de independencia. Siempre los tres juntos, siempre. Ya habían pasado cinco años desde que salimos de la universidad y dejamos de vernos. Cada uno tomo su propio rumbo. A Ricardo, al parecer, le fue peor. Comencé a sentirme culpable, si nos hubiéramos mantenido juntos o al menos comunicados lo hubiéramos ayudado; donde habíamos estado Valeria y yo todos estos años. Debe haberse sentido abandonado, que terrible.
De pronto ya estaba frente a la frágil puerta roja de la casa de Valeria, me despabilé de la culpa. Llamé a su celular, no quería despertar a toda la familia. Igual no contestó, así que toque el timbre.
- ¡Valeria!, ¿como estas?
- Eh… Hola – respondió confundida, por la hora y por mi presencia.
- ¿Como estás?... oye ya se que pasó con Ricardo – no pude evitar ir directo al grano.
- Eh… bueno pasa – respondió abrumada, por la hora, mi presencia y la noticia.
- Parece que ha muerto – era la primera vez que lo decía en voz alta y recién tomé consciencia de la situación.
Pasaron algunos segundos en que Valeria me miró a los ojos, sin saber que decirme, hasta que se recompuso.
- Si, me contaron. Que pena – trato de ser lo más amable conmigo
- ¿Como te enteraste?
- Pasa, pasa, primero tomate algo que te veo agitado
- Pero cuéntame – respondía algo alterado.
- Esta bien pero siéntate
Estaba confundido se suponía que solo yo sabía lo que le había pasado. Además, ¿porque no le sorprendía verme?, hace 4 años que no nos vemos.
- Ayer vino su mamá a contarme. Estaba muy triste
- ¿Y porque no me buscaron? – respondí un poco molesto esta vez
- Era tarde, pues, hoy te iba a llamar, pero el trabajo… tu sabes
- Pero, aún así…
- Lo sé, discúlpame
- ¿Entonces su mamá ya sabe?
- Si desde hace una semana.
- Que horrible
- Lo sé, aún no lo puedo creer.
- Que horrible, tengo que buscar a su mamá
- Pero…
Valeria no terminó la frase, le dí un beso y me marché apurado. Quería hablar con la mamá de Ricardo, quería que ella me contara que le había pasado en los cuatro años que no nos vimos. La culpa volvió.
Caminaba en dirección a la antigua casa de Ricardo. En el camino mis recuerdos se centraban en Ricardo y su familia. A diferencia de Valeria, a Ricardo lo conocía, prácticamente, desde que nací. Fuimos al mismo colegio y a la misma universidad, habíamos recibido la misma educación, pero éramos distintos. El era callado, tenía pocos amigos, era muy ordenado y estudioso, leía mucho, y – esto es algo que solo yo sé – era depresivo, tenía todos los síntomas, lo aprendimos en la facultad, se lo decía pero el no quería aceptarlo. El sabía la teoría, pero no podía aceptarlo; su caso, definitivamente, era de depresión aguda. Recuerdo que eran una familia acomodada, el era hijo único y yo me convertí en el hermano que nunca tuvo, en el hijo que nunca tuvieron; creo que les llevaba un poco de la alegría que en algún momento perdieron. Su familia me amaba.
Estaba frente a la viejísima puerta azul de Ricardo, la que tantas veces toque, dejé atrás la nostalgia y toque la puerta con insistencia.
- Señora, ¿como está? – pregunté nervioso
- Hola, me llamó Valeria hace un rato, me dijo que probablemente vendrías – me respondió contenida.
Ella me miró a los ojos y después de unos segundos se descompuso y solo atinó a llorar. Me abrazó. No supe que hacer, la abracé y comenzamos a llorar. Era la primera vez que lloraba desde el entierro de mi padre. Por primera vez, en años, brotaban mis sentimientos mejor guardados. Le tenía mucho afecto a Ricardo y recién ahora sentía la pérdida de mi amigo. La señora me miró pero no dijo nada, me tocó la mejilla con gesto maternal, me dijo que le gusto verme y que volviera otro día con Valeria para comer juntos, los tres. Me dijo que nos extrañaba. Nos despedimos.
- Señora, ¿como está? – pregunté nervioso
- Hola, me llamó Valeria hace un rato, me dijo que probablemente vendrías – me respondió contenida.
Ella me miró a los ojos y después de unos segundos se descompuso y solo atinó a llorar. Me abrazó. No supe que hacer, la abracé y comenzamos a llorar. Era la primera vez que lloraba desde el entierro de mi padre. Por primera vez, en años, brotaban mis sentimientos mejor guardados. Le tenía mucho afecto a Ricardo y recién ahora sentía la pérdida de mi amigo. La señora me miró pero no dijo nada, me tocó la mejilla con gesto maternal, me dijo que le gusto verme y que volviera otro día con Valeria para comer juntos, los tres. Me dijo que nos extrañaba. Nos despedimos.
No quería volver a casa, la noche había sido intensa, era tarde para volver donde Valeria así que decidí ir al departamento de Ricardo. No se con que motivo, ni con que fin.
Mientras caminaba comenzó a llover, no recuerdo haber sentido frío; esta vez, estaba concentrado en la pena de haber perdido a mi amigo; en los últimos 4 años de mi vida, en que me alejé de mis amigos, en que perdí el rumbo. Si hubiera estado ahí para Ricardo quizá todo hubiera sido distinto. Volvía la culpa con más fuerza. Lloraba mucho, o al menos eso creo, no podía diferenciar mis lágrimas de la lluvia que caía constantemente sobre mi cara. Sin darme cuenta ya estaba frente al departamento. Me paré frente al edificio y lo miré devastado, su dueño ya no existe. Era horrible. Subí las escaleras, mojado, lloroso. Devastado.
Nada me preparó para lo que vería al llegar al departamento. La puerta, que hace un par de horas había roto a patadas, estaba intacta. Verifique la numeración pero no me había equivocado, era la misma enorme y pesada puerta blanca. No comprendía. Toque la puerta sin pensar, era ilógico, ¿quien me abriría? Poco a poco todo se aclaró en mi mente, dejé de llorar y sonreí. Claro, en realidad nunca había roto la puerta, era mi imaginación, seguramente la puerta estaba abierta y así entré. Era clásico en mí, siempre tiendo a exagerar los recuerdos. Bajé a buscar al portero para que me ayudara a abrir la puerta, a lo mejor todavía se acuerda de mí.
Bajé y esta vez los recuerdos se centraban en mí. En que por 4 años había estado tan deprimido como Ricardo, en que ya era hora de salir, de recuperarme. Me merecía ser feliz. Llegué a la puerta de vidrio de la recepción.
- Hola, por favor quisiera que me abriera la puerta del 205, no se si me recuerda, estuve aquí hace un par de horas.
- Como no, Señor Ricardo – respondió el portero.
(Minutos después, entre a mi departamento: fui libre)
- Hola, por favor quisiera que me abriera la puerta del 205, no se si me recuerda, estuve aquí hace un par de horas.
- Como no, Señor Ricardo – respondió el portero.
(Minutos después, entre a mi departamento: fui libre)
miércoles, 16 de abril de 2008
¿Puede un vaso estar totalmente lleno?
Lo del vaso medio lleno o medio vacio no es cliché... aunque suene. Lo que pasa es que cuesta trabajo recordarlo y encararlo cuando el vaso no esta totalmente lleno. O sea: casí siempre.
jueves, 3 de abril de 2008
¿Se puede ser feliz sin una cajita feliz?

Si eres fanatico del McDonald´s, amas el capitalismo y vives en democracía, pregunto: ¿Quieres un país como Cuba? o ¿Un presidente como Hugo Chavez? ¿Quien, en un Perú que ayer logro la calificación de grado de inversión, quiere un gobierno absoloutista?
Ayer leí una noticia extraña. El reino de Butan se democratizaba por orden del rey; su pueblo veía con temor esta medida. Investigue un poco: Butan tiene 700,000 habitantes y se caracteriza por ser uno de los países más cerrados al mundo occidental (sin embargos económicos ni presidentes matones). No conocian, hasta hace unos años, las carreteras asfaltadas, la televisión, el internet, el celular, la vida moderna en general. Solo 50 mil extranjeros ingresaron al país el año pasado, y un numero que ni vale la pena mencionar salió de el.
Lo extraño viene porque el reino de Butan figuro hace unos años en la lista de los países más felices del mundo. Interesante. Según los canones de la economía mundial el bienestar de un país se mide así: Se suma el valor monetario de la producción de bienes corrientes y servicios de un país en un periodo dado y se divide el valor entre el numero total de habitantes: producto bruto interno per capita (que le dicen). Si el PBI per capita es mayor que el costo de vida per capita podemos decir que gozamos de bienestar. Eso lo dice el capitalismo; es lo que manda Ronald McDonald.
El comunismo tiene su formula de bienestar, la iglesia catolica tiene la suya, mi mamá tiene la suya, yo tambien. Cada uno mide el bienestar según su propio lente. Por eso es dificil decir que un país en general es feliz. De Butan podemos decir si es feliz si bajamos de internete su FIB: felicidad interna bruta. ¿Su qué?
Ellos miden su felicidad; a ellos les importa. Yo pensaba que lo que pasaba en Butan se llamaba resistencia al cambio, pero parece que no.
Interesante. A lo mejor estamos midiendo mal las cosas por acá.
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